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Relatos de terror: ‘La silenciosa chica de la habitación 302’

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Para unirnos a este mes de sustos y terror, durante estas semanas estaremos dando a conocer algunas historias relacionadas con temas paranormales; historias en las que los protagonistas hace mucho dejaron de pertenecer a este mundo. Este relato, ha sido uno de los primeros de mi autoría en pertenecer al atrapante género del horror, y la verdad es que espero deseosa esta temporada para dar a conocer historias como esta, las cuales no he de negar, espero que lleguen hasta los ojos de nuestros lectores, para ocasionarles, uno que otro susto.

Sin más que decir, dejo a ustedes esta historia la cual se titula…

‘La silenciosa chica de la habitación 302’.

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Fuente: pinterest.es

«Mi nombre es Guadalupe, pero todos me conocen como Lupe, y hace mucho tiempo atrás solía ser camarista. Era soltera y trabajaba para sacar adelante mis propios gastos. Por esa sencilla razón, el cambiar de turno tan frecuentemente no era un problema para mí. Estar en la mañana o en la tarde era lo mismo.

Pese a ser joven, mi experiencia en el trabajo era bastante extensa. Sabía lidiar con todo tipo de huéspedes y con todo tipo de tratos. Solía cumplir al pie de la letra con mi respectiva jornada laboral. En mí, de hecho, no existían las negativas. Ni siquiera cuando se trataba de sacudir la solitaria habitación 302. Era muy usual que yo trabajase en ese piso, por lo que el estar ahí ya era parte de mi día a día.

Nadie sabía porque esa habitación no era ocupada. Nadie sabía siquiera, porque los pocos huéspedes que se quedaban en ella, al día siguiente de su llegada pedían un cambio inmediato de habitación. No obstante, un día, así sin más, nos llegó el aviso de parte de nuestros supervisores que esa habitación se había ocupado; y para colmo, durante mi turno de la tarde. Pero bueno, qué se le podía hacer; en fin, sin darle mucha importancia en un inicio, opté por seguir con mis actividades de forma cotidiana. Toqué a la puerta, mientras estacionaba mi carrito frente a la entrada de la solitaria habitación 302. Toqué varias veces, pensando que quizá, el huésped había salido. Y estaba por darme la media vuelta, cuando de la nada, me di cuenta de que la puerta se había abierto, entre un discreto crujido.

La habitación, estaba a penumbras. Solo mi sombra se proyectaba en el suelo. Sobre la alfombra café. Las ventanas se encontraban abiertas, y la ventisca de la tarde ya enfriaba por toda la habitación. Silbaba de una forma que jamás podría olvidar. Me helaba los huesos.

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Al fondo de la habitación, mis ojos lograron dar con la imagen de una chica; sentada a orillas de la cama. Dándome la espalda, mientras su mirada seguramente se perdía entre el cielo de la tarde que ya era acariciado por la luz plateada de la luna. Pese a no ver su rostro, algo me decía que era más joven de lo que a primera vista aparentaba. Tenía un largo cabello negro que brillaba como si tuviese estrellas por prendedores. La llamé varias veces, y le pregunté si le apetecía que sacudiese un poquito la habitación; pero no respondió. Solo se quedó así, sin mover un solo músculo. Me acerqué un poco más para ver sin tan solo, me había escuchado; sin embargo, su rostro estaba oculto. Lo único que logré ver, fueron esas horribles y grotescas quemaduras en la parte inferior de sus muñecas. Posiblemente, se dio cuenta de la insistencia con la que la miraba, porque discretamente se volteó hacía mí, dejándome ver parte de su nariz respingada y su rostro blanco. No quise seguir insistiendo en hablarle, por lo que mejor me marché, pero sin poder ocultar ese sentimiento de angustia y miedo que me había causado el ver a esa chica, el estar cerca de ella, con esos escalofríos que solamente ella fue capaz de sembrarme.

Seguí entrando varias veces a esa habitación, aun cuando ya no quería hacerlo, pero siempre era lo mismo. Sin hacer distinción entre el día o la tarde, siempre era lo mismo. No hacia nada, solo estaba ahí sentada, con la mirada hacia la ventana abierta.

Mis compañeras se sentían afortunadas de que a ellas no les tocase entrar a esa recamara. Tanta, era su alegría que, hasta cierto punto, me molestaban y me hacían bromas de muy mal gusto. Sin embargo, lo creas o no, me fui acostumbrando a la presencia de la chica. De hecho, me comenzaba a gustar la idea de tener una habitación más que limpiar».

Una tarde (como si fuera un simple gesto de gratitud o tal vez de empatía por esa chica tan solitaria), le compré unas muñequeras, pensando que esas cicatrices quizá, la hacían sentirse insegura. En cuanto terminé de colocárselas, la joven me miró con esos ojos hundidos. Con esa sonrisa que, hasta la fecha; no sé si definir como piadosa o siniestra. Estoy segura de que me vio asustada, porque lentamente se puso de pie frente a mí, colocando su mano sobre mi hombro. Yo esperaba algo más, no sé, alguna confrontación hasta innecesaria, pero, ella solo salió de la habitación, de forma lenta y pausada.

Sin entender su reacción, me dispuse a marcharme, percatándome de que justo cerca de la entrada había caído una especie de brazalete, de esos que tenemos la desgracia de ver en los hospitales. Un brazalete sobre el cual, se encontraba escrito el nombre de Leonora Ruiz, seguido por el nombre del sanatorio, San Expedito. No sé el motivo de que mis manos hayan querido recogerlo, pero lo hicieron. Me lo llevé a casa, sintiendo que, dentro de mi pecho una enorme sombra de dudas se estampaba de forma atroz. Fue una de esas intuiciones que en ocasiones le dan a uno, que no se entienden, y cuyo origen se desconoce. De cualquier modo, me puse a investigar todo lo referente a ese sanatorio, y no puedo describir lo que sentí cuando lo descubrí. Tanto tiempo de trabajar en ese hotel y jamás me dio curiosidad por indagar en su pasado. Sin saberlo, yo había estado trabajando sobre los restos de un sanatorio que, trágicamente se había incendiado en el año de 1845. Muchos de los pacientes, perecieron durante ese trágico suceso, incluida una joven de nombre Leonora Ruiz, una pirómana en extremo peligrosa.

Luego de haber hecho semejante descubrimiento, y quizá por la impresión, al día siguiente caí enferma de un severo resfriado que me impidió ir a trabajar; justo el día en el que un incendió se suscitó en el hotel, uno que, de acuerdo a los bomberos, se originó casualmente en la habitación 302.