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Soma huxleano o sobre el por qué a veces adormecemos la consciencia

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¿Qué sería de nosotros los humanos, únicos animales sobre la Tierra conscientes de su menguante existencia, sin la oportunidad de fugarnos aunque sea un instante de la angustiosa tragedia que es vivir?

“Un gramo de soma cura diez sentimientos melancólicos”.
Aldous Huxley, Un mundo feliz

A fin de sobrellevar el paso de los días, y hasta por básica salud mental, requerimos de placebos psicológicos, de somas huxleanos (lecturas, sustancias, banquetes, compras, siestas, parrandas, inteligencia artificial, etc.), que nos ofrezcan una suerte de islote en el cual varar a ratos para no ahogarnos en el mar de incertidumbre y miedo que nos rodea; para hallar una pizca de dicha y descartar el suicidio.

Resignado a pagar el lastimoso precio de su consciencia, ese obsequio maldito tasado en una angustia tan innata e inseparable como la carne misma que deambula en áreas posteriores de la corteza cerebral, el ser humano vive sufriendo, en constante tortura. Siempre hay algo que lo aflige. En ocasiones es la muerte o el tiempo. A veces la realidad que traiciona expectativas o el mero hecho de existir bajo ciertas circunstancias. Sentenciaba Schopenhauer: “En esencia toda vida es sufrimiento”. Y si el hombre puede soportar el inmenso peso que ello implica, es porque de vez en cuando adormece la razón, la reduce a simple instinto y se abstrae del entorno gracias a su soma preferido.

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Soma, del griego “σωμα” (sōma) que significa cuerpo, es un vocablo polisémico con el que se designa a diversos fenómenos, muchos relacionados a los procesos mentales del hombre. Por ejemplo, según el Rig-veda (texto sagrado de la tradición védica) los antiguos habitantes de la India denominaban “soma” al jugo extraído de cierta planta (presumiblemente la Amanita muscaria, el famoso hongo de los chamanes) cuyos efectos alucinógenos favorecían las danzas en determinadas ceremonias religiosas.

En la célebre novela Un mundo feliz, Aldous Huxley llamó “soma” a la droga que consumían sus personajes para tranquilizarse, olvidar los problemas y evadirse de la realidad cuando así lo necesitaban. A través del soma, Mustafá Mond y el Estado Mundial, este profético escritor británico (más acertado e importante que George Orwell con su libro 1984, en opinión de varios críticos literarios) retrata una sociedad sosegada, drogada en aras de la felicidad, controlada y sin capacidad de rebeldía o siquiera de personalidad propia. Un mundo exento de frustraciones y expectativas (“La gente es feliz; tiene cuanto desea y no desea nunca lo que no puede tener”, se lee en la citada obra futurista) donde la humanidad asume con beneplácito su sistemática esclavización.

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Fuente: revelacionscifi.com

Ahora, si bien en estricto sentido soma es una droga, en el presente opúsculo se adopta una concepción más amplia y actual, equivalente a recreación, de suerte que estas palabras no aluden, exclusivamente, a los ansiolíticos o utopiáceos (bromuro, opio, cloral, veronal, barbital, meprobamato, nembutal, entre otros) que estoy seguro alivian el agobio de algunos psicodélicos coterráneos, hermanos en el sufrimiento.

Luego, en un sentido amplio, soma es el método de abstracción que, por un lado, a nivel individual, resuelve el problema fundacional de cómo ocupar el lugar que Dios dejó vacante tras su “muerte oficial” a manos de Nietzsche, otorgándole a las personas la fugaz oportunidad de sofocar la angustia y castrar la duda existencial. En tanto que, por el otro lado, a nivel colectivo, sirve de sutil medio de control social para el Ogro Filantrópico (alias con el que Octavio Paz se refirió al Estado), pues con este método intenta ofuscar a los seres humanos induciéndoles visiones y pensamientos errados, a fin de que se representen una realidad, aunque en el fondo repleta de esqueletos y cenizas, cubierta de pétalos.

Dicho de otra forma, soma ya no sólo es fármaco, sino también ideología, hábito, moda, sueño, objeto, persona, lugar, ficción, sabor, emoción, impresión y todo cuanto nos permite descansar del dolor que supone estar, o sea, dormir en un mundo sin tormentos, sin desgracias, mientras el contexto se derrumba paulatinamente.

En este orden de ideas, ¿quien, salvo masoquistas y suicidas, carece de un soma que mitigue su pesar? El que esté libre de somas, ¡que lance la primera crítica! Se insiste: la vida es demasiado dura como para negarse a un leve respiro. Vivir en todo momento con la consciencia encendida terminaría matándonos en un corto período. “Cualquiera puede dominar un sufrimiento, excepto el que lo siente”, escribió Shakespeare. De ahí que a veces adormezcamos los sentidos, esos filamentos invisibles que nos comunican con la realidad inmediata.

Ya sea mediante dos que diez buenos tragos de alcohol cuyos corrosivos efectos eliminan las penas y desinhiben el alma; apasionantes lecturas de novelas policiacas o poemas vanguardistas que nutren y ejercitan el intelecto; horas de emocionantes películas o series televisivas que reviven la esperanza en el universo subjetivo; repentinas dosis de júbilo provenientes del aplauso social que refuerza la confianza en nosotros mismos; o exquisitas comidas que deleitan el paladar al tiempo que alegran el día.

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Ya sea mediante algunos minutos de reconfortante paz embellecidos al son de nuestra pieza musical favorita; compras innecesarias pero acordes a nuestros ingresos que facilitan darnos un lujo de vez en cuando; largas y reparadoras horas de sueño que al terminar nos retornan a la realidad con mayor ímpetu; las siempre divertidas reuniones con amigos en las que pasamos de prestar oídos a dar consejos y de éstos a risas; o desordenados viajes por internet que confirman nuestra profunda ignorancia y mala memoria.

Ya sea mediante inmersiones a los extraordinarios mundos de los videojuegos donde luchamos o competimos asesinando zombis o metiendo goles cual Cristiano Ronaldo; apasionadas relaciones sexuales con el ser deseado que nos llevan al más elevado de los éxtasis; o, por qué no, mediante el consumo de alguna sustancia psicotrópica que abra de par en par las puertas de la percepción y nos conduzca a un creativo estado alterado de consciencia.

Independientemente del modo, intensidad o frecuencia, las personas, sin excepción o distinciones, se fugan y mueren para esta realidad un momento y enseguida continúan el camino.

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Fuente:www.gastroliterario.webnode.es

Así como no siempre debemos mantenernos despiertos, así también conviene ocasionalmente, incluso por supervivencia, apagar la consciencia, despedirnos de Apolo y entregarnos a los brazos de Dioniso. Ningún reproche surge al respecto. Además de legítimos y hasta connaturales, los somas son indispensables. Sin embargo, menesteroso es evitar dos cosas: vivir en eterno aletargamiento y subestimar el control sistémico que se ejerce en nosotros cuando decidimos abstraernos.

Suspender a ratos la consciencia, sí, pero a manera de excepción, pues de convertirse en regla viviríamos tanto como un cadáver. Ya lo advertía Nietzsche: “Dormir no es arte pequeño: se necesita, para ello, estar desvelado el día entero”.

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