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‘Nunca en Halloween’, primera parte; historia de terror

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Hay historias que no deberían contarse; vivencias que deberían quedar como simples actos de curiosidad. Muchos se atreven a menospreciar el poder que en estas fechas se libera; una energía sobrenatural que inunda con aire fresco el rostro de quien sale a encontrarse con la luna que sobre el cielo de octubre brilla airada. El deseo de festejo en estos días es tal que nos sentimos capaces de involucrarnos con cosas que desconocemos, que no están en nuestro control. Durante la celebración de Halloween y día de muertos es primordial mantener presentes las reglas que nos exigen respetar la memoria de todos aquellos que han partido de este mundo. En mi historia, el precio a pagar por dicha osadía es alta, tan alta que ni siquiera sentirás cuando sea tu alma quien acompañe al espíritu ofendido. Sin más, dejo a ustedes la primera parte de este relato a la que he titulado bajo el nombre de; ‘Nunca en Halloween’. 

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Era tan solo una noche de Halloween como otras tantas. De bromas terroríficas y paseos bajo la luz de la luna. De ver (como cada año) a los niños del vecindario pedir dulces con el característico «dulce o truco». Nada parecía ser fuera lo habitual. Al menos no para ese grupo de amigos que como cada año se dedicaban a organizar pequeñas expediciones para dirigirse a los lugares más embrujados de su ciudad tan pueblerina. 

Dedicaban toda una noche entera a permanecer en el lugar elegido para desafiar a todos los espíritus que, se contaba, reinaban en dichos sitios. Una tradición que para muchos era absurda, pero que para ellos era la mejor manera de disfrutar la tan terrorífica noche.

A cada uno de los cinco amigos, les tocaba elegir un sitio por año, y en esa ocasión sería el turno del más intrépido de los adolescentes. Un chico que amaba todo lo que tuviera relación con asuntos sobrenaturales. Y tal como sus amigos lo sospechaban, estaba dispuesto a que ese Halloween no fuera olvidado.

A las afueras de su pueblo, situado sobre una colina, apartada de la civilización, se encontraba una vieja casona que era conocida por muchos como «La casona de Doña Inés», una casa de dos pisos y tejados desgastados que ya ni siquiera tenían la fuerza necesaria para oponerse a las ventiscas heladas que entre ellas pasaban.

– ¿Enserio pasaremos la noche en este lugar? – preguntaba una de las chicas quien, temerosa no dejaba de contemplar el tan deteriorado estado de la casa.

-sí-le miraba de forma suspicaz mientras que una sonrisa burlesca se asomaba por sus gruesos labios- ¿Por qué?, ¿Te da miedo?.

-miedo no, me da repulsión, seguro que dentro de esa casa hay cientos de arañas y ratas; me da mucho asco pensar que deberé pasar la noche con ellas.

-estamos frente a la casa más embrujada del pueblo, ¿Y tú te preocupas por esos animales?. -para el joven, estar enfrente de esa casa, era como un anhelo volviéndose verdad. Sus ojos brillaban al ver esos ladrillos que no brindaban ningún tipo de seguridad para quien se encontraba adentro.

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– ¿temes que Doña Inés venga por ti, Ivette? -el bromista joven, picaba las costillas de su compañera sin dejar de molestarla.

– ¡Déjame en paz, Hugo!, ¡Sabes que yo no creo en esos cuentos! -la chica molesta, se aleja del joven sin tener deseos de seguir escuchándole hablar.

Los motivos de que esa casona fuera tan temida, no eran en lo absoluto agradables. Sumado a eso, la reputación que había tenido la dueña tampoco servía para minimizar los rumores.

Resultaba ser que, Doña Inés, era una anciana que tenía muy mal genio. Una personalidad nefasta que la hacía acreedora del desagrado unánime por parte de todo aquel que llegaba a conocerla. No salía mucho de casa, y si lo hacía, solo era para regar las rosas de su jardín. Unas flores de hermoso carmesí que tan celosamente cuidaba.

Durante el día, se podía decir que la rutina de la mujer no eran variable, cosa que era muy distinta por las noches, según los rumores. Solía decirse que doña Inés, salía a altas horas de la noche hacía su jardín trasero, y que no aparecía hasta que los primeros rayos del sol iluminaban esa casona. Y lo más curioso, es que los pocos curiosos que lograban ver a la anciana, juraban que siempre usaba unas vestimentas negras.

Aquellos que tenían una imaginación más volátil, juraban que esa mujer era en realidad una bruja malvada que se dedicaba a realizar sacrificios con animales, y niños que desaparecían en pueblos vecinos.

Nadie se atrevía a contradecir, ni afirmar lo que se contaba de ella, de lo único que se tenía certeza es que había muerto sola en su habitación, bajo circunstancias muy sospechosas. Su cuerpo calcinado se encontraba abrazado a la fotografía de una chica y a un pequeño espejo redondo de hermoso marco dorado. Lo que sucedió con el cadáver, quedó como un misterio.

-yo pienso que la anciana era una bruja con todas las de la ley-afirmaba Hugo sin apartar su mirada fascinada de la casa.

-pues yo solo creo que ella estaba loca-argumentaba uno de los jóvenes-yo pienso igual que Ivette. Esto, al igual que todo lo que hemos hecho, no es más que una manera de pasarla bien y de demostrar que todo lo que se cuenta sobre esta casa, es mentira. Ni las brujas, ni los fantasmas existen.

– ¿Con qué eso piensas? -caminando hacia ellos, aparecía un chico de sonrisa gentil-no me parece justo que el espíritu de Halloween sea empañado por esa forma de pensar.