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La fantástica e insólita narrativa de Amparo Dávila y Guadalupe Dueñas

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La duda, la inquietud y el desconcierto son comunes cuando nos enfrentamos a lo desconocido. La mayoría de las veces lo insólito puede provocar miedo, pero también suscitar interés, puesto que desautomatiza la forma en que percibimos la realidad y lo que creemos que hay en ella. En la literatura, el género fantástico ha sido el espacio propicio para desarrollar las historias que se encuentran en el límite de lo real.

La literatura fantástica, según el teórico Todorov, juega con la incertidumbre. Esto debido a que el personaje que se enfrenta a un suceso sobrenatural decidirá a lo largo de la historia si el acontecimiento es resultado de su imaginación -y por lo tanto las leyes de la realidad no se alteran- o es parte de la realidad y es necesario aceptar nuevas leyes que expliquen este hecho.

Las escritoras mexicanas Amparo Dávila y Guadalupe Dueñas son consideradas de las figuras más representativas del género fantástico y esto no resulta extraño, pues en la mayoría de su narrativa nos sumergen en universos narrativos quiméricos, llenos de situaciones extrañas e inexplicables y de personajes misteriosos.

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Amparo Dávila

Nació en Pinos Altos, Zacatecas en 1928. Su obra completa comprende a sus publicaciones poéticas: Salmos bajo la luna (1950) y Perfil de soledades (1954) y a las narrativas: Tiempo destrozado (1959), Música concreta (1964) y Árboles petrificados (1977), esta última la llevó a ganar el premio Xavier Villaurrutia en 1977. Amparo Dávila escribe desde lo real y cotidiano; una casa, una oficina o un hospital albergan sus narraciones más siniestras, y en eso recaé la singularidad de su narrativa, ya que lo sobrenatural o desconocido irrumpe en espacios comunes, privados y, para algunos, seguros.

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“El huésped” es uno de los cuentos al que más se recurre cuando se habla de Amparo Dávila, pero esto no resulta extraño, pues lo que logra en este relato la escritora es muy interesante. En el texto lo fantástico, la incertidumbre y el miedo que provoca la irrupción de ser extraño y escalofriante es reflejo de la violencia y abandono que sufre esta mujer por parte de su esposo.

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Fuente: jornada.com.mx

“Mi vida desdichada se convirtió en un infierno. La misma noche de su llegada supliqué a mi marido que no me condenara a la tortura de su compañía. No podía resistirlo; me inspiraba desconfianza y horror. “Es completamente inofensivo” —dijo mi marido mirándome con marcada indiferencia. “Te acostumbrarás a su compañía y, si no lo consigues…” No hubo manera de convencerlo de que se lo llevara. Se quedó en nuestra casa”.

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Guadalupe Dueñas

Nació en Guadalajara, Jalisco en 1910. Realizó algunos estudios de literatura en la Facultad de Filosofía y Letras, asi como se dedicó a escribir guiones para telenovelas. En 1954 publicó sus primeros cuentos en la revista Ábside; en Tiene la noche un árbol (1958) reunió algunos de sus relatos, lo cual la hizo merecedora del Premio José María Vigil. Al igual que en la narrativa de Amparo Dávila, en la obra de Guadalupe Dueñas lo insólito está presente. Sin embargo, ella niega que esto responda al género fantástico, al contrario, es parte de su propia realidad: “En mis cuentos no existe la fantasía. Soy absolutamente realista a la hora de contar cosas. Cuando los bondadosos críticos afirman que tengo mucha imaginación, me siento avergonzada. Todo me sucede, hasta los sueños. He deambulado por ellos”.

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“Historia de Mariquita” es uno de sus cuentos que más atrae a los lectores por su extrañeza. La historia de una niña -Mariquita- que nació prematura y murió al instante, pero que su padre conserva en un frasco mediante una sustancia resulta aterradora e irreal, pero proviene de una experiencia personal. Así, Guadalupe Dueñas, de la misma forma que Amparo Dávila, no sólo crean o reproducen historias increíbles, sino que observan a través de estas el comportamiento humano, que muchas veces resulta inverosímil.

“Recuerdo que por lo menos una vez al año papá reponía el líquido del pomo con nueva sustancia de su química exclusiva -imagino sería aguardiente con sosa cáustica-. Este trabajo lo efectuaba emocionado, y quizá con el pensamiento de lo bien que estaríamos sus otras hijas en seis silenciosos frascos de cristal, fuera de tantos peligros como auguraba que encontraríamos en el mundo”.