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El moderno concepto de progreso

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El hombre de los días que atestiguo dejó de ser esclavo, mísero, pobre y oprimido por culpa de otros, para convertirse en esclavo, mísero, pobre y oprimido por consciente determinación propia. En esto radica el concepto de progreso que nos procura el mundo democrático: devastación personal a manos de nosotros mismos y de nadie más.

“La democracia otorga a cada uno de los hombres el derecho a ser el opresor de sí mismo”.

–James Russell Lowell 

¿No es el egoísmo uno de los más representativos vicios humanos? “El egoísmo tiene raíces muy hondas”, decía Schopenhauer. Todo hombre, en mayor o menor medida, y por más hipocresía que profese, es egoísta: la abnegación es síntoma patológico de locura o defecto entre los hombres (“Yo insisto en que si la abnegación es una virtud es una de esas virtudes que dice Chesterton que se han vuelto locas”, opinaba Rosario Castellanos). Eliminado el egoísmo de la fórmula, la naturaleza humana se desmorona, pierde su esencia, sentido e interés, pues deviene buena, inmaculada, lo cual resulta inadmisible ante los ojos de lo que llamamos civilización. Por eso, a cada momento, para disimular el peso de la existencia, el susurro que recuerda lo absurdo de la vida, aunque tal vez también a manera de represalia, el ser humano abraza el egoísmo y hace todo por y para sí mismo, sin la intervención de fuerzas ajenas que lo despojen, más que del beneficio, del crédito. Y es que además de egoísta, el hombre es egocéntrico. Puede soportar cualquier cosa, incluso la miseria misma, menos que lo priven de su autoría y del consecuente reconocimiento que supone. La filia de nuestra especie consiste en ser vista por los demás a toda costa.

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La historia –cargada del siempre engañoso romanticismo– da parte de las cruentas y costosas luchas que la humanidad, desde múltiples trincheras e impulsada por amor a sí misma (ninguna conquista digna de recuerdo se fraguó con perspectiva axiológica), emprendió para, si no erradicar, cuando menos desprenderse un poco de los males sociales más sensibles: esclavitud, miseria, pobreza y opresión, entre otros. Guerras, guerras y más guerras (¿por qué el hijo predilecto de la razón, el hombre, sólo entiende a base de violencia?) son las responsables de que la nuestra, con todo y sus desperfectos, no sea la peor ni la más primitiva de las atmósferas posibles (de algo sirvió tanta sangre derramada). A fin de cuentas, el hombre es un ser belicoso por naturaleza (tal como Albert Einstein y Sigmund Freud concluyeron a lo largo de una sustanciosa correspondencia).

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Fuente: www.elmundo.es

Sin embargo, ¿fue el desconsuelo lo que motivó la acción en el hombre? Sólo en parte. Obvio es que las rebeliones nacen del inconformismo extendido en cierto sector de la sociedad, pero éste no es el único ni el más importante móvil que desencadena la reacción colectiva (hablemos claro, fuera de utopismos). El principal resorte de la lucha emancipadora no reside en los agravios padecidos, ni mucho menos en la presuntuosa filantropía, sino en el miedo a perder mérito y reconocimiento, a que la imposición ocupe el lugar de la elección. ¿La prueba? Cientos de pueblos enteros que en otros tiempos pelearon a sangre fría por conseguir educación, trabajo, libertad, sufragio, legalidad, etc., cuyos habitantes hoy día viven ignorantes, en el paro laboral, dependientes y sin votar en las elecciones o sin respetar las más elementales normas jurídicas de convivencia. Sé que las conocen: hordas pletóricas de seres cobijados por extensos catálogos de derechos contrarios a sus deseos enfermos de miseria, últimos hombres nietzscheanos, desmemoriados de la historia y las conquistas sociales, acerca de los cuales a menudo me pregunto: ¿de verdad estos son los destinatarios del sacrificio ofrendado por todos los Cristos habidos en la historia de la humanidad? ¿Para qué tanto lío en adueñarse de prerrogativas que no serán aprovechadas?

Hace poco, extraviado en mis inquietudes, terminé en el terreno de la Programación Neurolingüística, donde aprendí que el cerebro, órgano señero cuya facultad cognitiva está basada en representación de imágenes, carece de efigie para la palabra no, de manera que es incapaz de procesar negaciones, y en posesión de este curioso dato el panorama fue iluminado: gran parte de la humanidad egoísta, egocéntrica, reacia al no, en absoluto busca erradicar la ignorancia, el desempleo, la esclavitud, la ilegalidad, sino la mera obligación impuesta por alguien más. Esa mayoría –ejerciendo un retorcido concepto de libertad– se dice a sí misma: si vivo en los marasmos de la inmundicia es por determinación propia y no porque alguien más me lo imponga. Vaya decisión, propia de necios, de un perro que agrede a quien intenta sanarlo porque desea continuar mordiéndose la herida él mismo.

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Fuente: www.vitrubio03.es

Quizá este reprobable comportamiento atienda a que toda nocividad, vista desde el prisma de la elección, deja de censurarse. Lo malo o dañino es tal hasta que entra en juego la elección. Se reprueba la exclusión, la desinformación y hasta la muerte, salvo que sean resultado de la voluntad. La brújula de la mayoría así funciona: lo impuesto es malo y lo voluntario es bueno. En otros términos: imponer resulta suficiente para alebrestar el espíritu subversivo que vive dentro de cada persona, mientras que a nombre del libre albedrío subsisten ocultos los más ominosos antivalores. Esto explica por qué, en el fondo, la condición humana continúa siendo la misma. Socialmente hablando, más que cambios existen matices. ¿No es el hombre que luchó por abolir la esclavitud el mismo que hoy está esclavizado a su mente o, peor aún, a la tecnología? ¿No es la propia humanidad quien, abanderando la felicidad como ideal, se ha convertido en la madre de toda miseria? ¿Acaso no es aquel, quien bregó en pro de la riqueza económica equitativa, el mismo hombre que a su paso esparce sin medida la pobreza intelectual? ¿No es el mismo hombre liberado de la opresión Estatal quien actualmente se oprime a sí mismo con sus prácticas consumistas? Sí, es el mismo, aunque duela reconocerlo.

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Más nos vale interponer un recurso de aclaración contra la célebre sentencia de John Stuart Mill: “Sobre sí mismo, sobre su cuerpo y mente, el individuo es soberano”. Si bien cada uno es libre de conducir su vida como mejor le parezca, no debe olvidarse que las personas –en el estricto sentido gramatical y jurídico de la palabra– sólo pueden concebirse en sociedad, con el carácter de agentes sociales. En este sentido, es inadmisible valorar la conducta individual de manera pura y aislada, independiente de los efectos sociales que inevitablemente causa, sin límites fijados a la luz del interés colectivo, pues debido a la infundada creencia según la cual el hombre sobre sí mismo goza de una libertad plena e ilimitada, en la actualidad abundan seres parasitarios (asociales) cuyo desprecio hacia la vida social, tan presente como la ausencia de sus acciones, afecta de igual o peor forma que la conducta antisocial de quienes hacen del delito su modo de vida. Bien decía Edmund Burke: “Para que el mal triunfe, sólo se necesita que los hombres buenos no hagan nada”. Que nadie lo dude: daña el que abiertamente atenta contra los demás, como también lo hace quien omite cumplir sus obligaciones sociales. A esto obedece la necesidad de imponer límites pétreos a la libertad personal, siempre y cuando éstos sean por nuestro propio bien. Si la dignidad humana demanda proscribir, entre muchos otros antivalores, cualquier manifestación de esclavitud e ignorancia, que así sea incluso a costa de nuestros deseos. Hay que combatir los ataques ajenos, pero también aquellos que provienen de nosotros mismos, pues el ser verdaderamente libre no es siervo ni siquiera de sus más primitivas pulsiones. La elección, al no ser sinónimo de acierto, requiere ser controlada, guiada. De lo contrario, seguiremos viviendo en este chiste llamado libertad: bien disimulada estratagema con la que las clases dominantes narcotizan al grueso de la sociedad para manipularla a discreción. Como sostiene Byung-Chul Han, bajo las reglas del sistema imperante “uno se explota a sí mismo y cree que está realizándose”. Tengámoslo presente.

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Fuente: www.elcorreo.com

El hombre de los días que atestiguo dejó de ser esclavo, mísero, pobre y oprimido por culpa de otros, para convertirse en esclavo, mísero, pobre y oprimido por consciente determinación propia. En esto radica el concepto de progreso que nos procura el mundo democrático: devastación personal a manos de nosotros mismos y de nadie más. ¡Vaya civilidad!