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El es Andrés Canalla, cantante de ‘Tungas’, quien le que canta al amor y a la tristeza, porque de eso va el mundo

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Tal vez no fue en balde su carrera en Ciencias de la Comunicación en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, pero no lo satisfizo. Tocar música, eso era lo que le llenaba; eso lo hace feliz; eso le permite vivir; eso le crea una sonrisa de oreja a oreja, la cual le cierra los ojos y le forma unas arrugas muy marcadas en su frente. Todo típico de él. Casi se puede afirmar que ese es su estado natural: sonreír y entregar todo su ser en cada canción, arriba de un escenario.

Él es Aldo

Nació el 18 de enero de 1989 en la colonia Lindavista, en la Ciudad de México. Nunca esperó integrarse al mundo de la música. Nadie de su familia fue músico. Su padre, en sus viajes de trabajo, compraba guitarras acústicas sin ton ni son (posiblemente por su amor al rock de Led Zeppelin y Black Sabbath). No sabía tocar, ni siquiera sus hijos (incluido Aldo), sólo las tenía en casa y las reparaba, porque Aldo y sus hermanos llegaron a romper tres. Nadie sabía qué hacían ahí. Sólo jugaron como metáfora del futuro de Andrés Canalla. El destino le jugó un buen momento y él fue el pionero.

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Inicios musicales

En secundaria, sus amigos de toda la vida, con quienes formaría su primera banda, comenzaron a formar ‘Tungas’ sin saberlo. Fue en segundo año cuando Luis ‘Lepo’ Espinoza y Conrado del Campo armaron un juego llamado “no sabemos tocar, pero hay que formar una banda”. Los ensayos comenzaron en tercer año, cuando “Conrad” obtuvo su primer bajo. Un año después, en preparatoria, alrededor del 2003, conocieron a Aldo, de 15 años. Él sólo iba a ver, a disfrutar los covers de Blink 182 o Ataque 77 que tocaban sus amigos de la clase de inglés de la preparatoria, pues no sabía tocar ningún instrumento. Se aprendió las canciones que tocaban y cantaba, entre miedoso y entrón, para darse a notar. Un día, en una clase, cuando compartían música, Lepo lo invitó a su casa, donde hacían los ensayos. Le permitieron cantar y se quedó. Comenzó a formar parte de ‘Tungas’, una agrupación de punk rock fundada en 2005.

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En ese momento, después de ver videos de patinetas con sus hermanos, su familia se dio cuenta de que él sería el primer músico punkrockero. Le compraron su primera guitarra, porque sabían que se dedicaría a eso. Así comenzó a hacer canciones con ‘Tungas’ y a repartir sus discos quemados por ellos mismos, como lo dicta la ideología punk: Do It Yourself. Surgía una banda fresca en la escena del punk rock, un nuevo ideal que narraba los sucesos cotidianos de cualquiera, las decepciones amorosas y la realidad vivida por ellos. También surgió el primer Andrés Canalla, aquel que disfruta el punk más que nada.

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Y nació Andrés Canalla

Después de 11 años con ‘Tungas’, Aldo pensó en hacer su propio proyecto como solista para entretenerse cuando la banda no tocara o ensayara. Así, después de terminar la universidad en diciembre de 2016, no esperó mucho para comenzar a maquinar a Andrés Canalla. Se la tomó en serio en 2017, cuando ya había dejado sus clases de canto, pero el aprendizaje obtenido le hizo cantar de la mejor manera acompañado de su guitarra y una armónica. El folk urbano fue el género elegido para hacerse presente en todos los foros donde lo invitaban.

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Con Nostalgia, Soledad y Depresión (sus guitarras), aquel hombre, de apenas 28 años, con dos aretes en la oreja derecha, un arete en el orificio derecho de la nariz y una expansión negra en la oreja izquierda, escribió canciones para sí, para Aldo/Andrés: Centro Médico, No quiero que me vean Bichi, La canción más triste del mundo, Mis anacronismos (y los suyos), La noche más larga, Promesas y No lo tomes a mal, han sido algunas rolas compuestas por el doble personalidad Lindavistense que le canta al amor y a la tristeza, porque de eso va el mundo.

Persona normal

Su personalidad se ha ido forjando con el paso del tiempo. Las lecturas de Truman Capote, Kapuscinski, Umberto Eco, Eduardo Galeano, Juan Villoro, Javier Marías y de Paul Auster siempre las acompaña con un buen café, pues su pasión por esta bebida ha traspasado los límites de la razón humana. Una de sus cafeterías predilectas es el Café Avellaneda, en Coyoacán, donde, casi diario, asistía, como a un salón de clases, para pasar lista con esa taza usada, la cual vaciaba despacio para disfrutar el olor, sabor y textura de su bebida favorita.

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