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Sobre el Cratilo o el origen de los nombres

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¿La esencia precede a la existencia o, a la inversa, la existencia precede a la esencia? En algún momento, las cosas primero fueron y después existieron. Hoy, en medio de una realidad llena de referentes, la existencia precede a la esencia. No obstante, si primero fue el ser y después el existir, antes el huevo y luego la gallina, ¡qué mas da! Lo importante es nunca apagar nuestra capacidad crítica y creadora, pues sin ella, eso sí, nada somos.

“Dudo de todo, pero al dudar estoy pensando, y si pienso existo”.
– René Descartes

“Evidente incentivo, sutil acicate, noble motivación, eso es”, pensé tan pronto supe que la realidad está limitada por nuestro lenguaje. ¿Qué relación directa y de recíproca necesidad hay entre realidad y lenguaje? “Realidad es una cosa y lenguaje otra distinta: la riqueza o pobreza de éste no tiene por qué afectar, en lo más mínimo, la esencia de aquélla”, me preguntaba y respondía con cierto dejo de satisfacción cuyos efectos cesaron al reparar en dos aspectos no menos importantes: primero, el lenguaje se manifiesta en diversas formas y grados; segundo, no hay nada nuevo bajo el sol, de suerte que cuando supuestamente creamos en realidad sólo estamos redescubriendo.

El lenguaje desempeña un papel fundamental en la construcción de nuestra cosmogonía. Por virtud de las palabras y demás unidades lingüísticas capturamos, ordenamos y asimilamos el mundo sensible. Realidad es materia prima, causa y objeto del pensamiento. Éste, a su vez, se expresa mediante el lenguaje. De modo que sin pensamiento no existe lenguaje, y sin lenguaje el pensamiento sería imposible. En esto reside la relevancia de dicha herramienta comunicativa: traductor de la realidad por excelencia. Prueba de esto es que nunca pensamos en abstracto, sino, invariablemente, sobre la base de algún lenguaje.

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Resulta innegable que lenguaje es recipiente de la realidad concebida vía el pensamiento, medida de nuestra cosmovisión, faro que alumbra las frías y oscuras paredes de la consciencia. Por tanto, entre más íntegro sea el lenguaje, mayor porción de realidad nos será desvelada.

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Fuente: icesi.edu.co

Ahora bien, a la par de la función vital del lenguaje subyace otra pregunta igual de interesante para los librepensadores: ¿Es el lenguaje atribución arbitraria o descripción de fenómenos preexistentes? Esto es, sabemos que el lenguaje, y en concreto los nombres, palabras y constructos que lo componen, revisten características especiales que los singularizan. ¿Tales propiedades son naturales o convencionales, innatas u otorgadas?

En escudriñar estas últimas interrogantes se ocupa el Cratilo –como dije, no hay nada nuevo bajo el sol–, uno de los diálogos platónicos que, junto al Critón y la Apología de Sócrates, constituyen el legado ideológico más trascendente del filósofo griego Aristocles, mejor conocido como Platón. A lo largo de este diálogo, conformado por el coloquio entablado entre Hermógenes (quien afirma que los nombres hunden sus raíces en la convención social), Cratilo (quien sostiene que los nombres son arquetipos connaturales a las cosas, de forma que conocer los nombres implica saber las cosas) y Sócrates (quien asume una postura ecléctica en el sentido de que los nombres no son un capricho social, sino que obedecen a la esencia de las cosas, las cuales, no obstante, deben seguirse investigando), se plantea uno de los más controvertidos dilemas filosóficos: ¿La esencia precede a la existencia o, a la inversa, la existencia precede a la esencia? ¿Las cosas son y luego existen, o primero existen y después son?

Al margen de las ideas expuestas durante el diálogo en cuestión, mismas que a la postre fueron recogidas por René Descartes con su cogito ergo sum (“pienso, luego existo”), y por Jean Paul Sartre mediante su existencialismo ateo de corte humanístico, en las siguientes líneas daré cuenta de mi postura personal, pues las ideas de aquellos grandes filósofos yacen en grandes obras que pueden consultarse en cualquier momento. En cambio, mi aún incipiente pensamiento está ávido de salir a la luz para quedar grabado en la memoria de mis amables lectores.

Retomo el planteamiento central: ¿La esencia precede a la existencia o ésta surge antes de aquélla? Al responder esta pregunta relativa a la construcción, no sólo del lenguaje, sino de nuestra realidad en general, evoco la conocida obra del pintor italiano Rafael Sanzio titulada La escuela de Atenas, pintura en la que, rodeados por muchos de los más importantes filósofos griegos, al centro figuran Platón (apuntando hacia arriba con su mano derecha) y Aristóteles (apuntando hacia abajo con su mano derecha), representando, respectivamente, el mundo ideal y el mundo real, es decir, las dos soluciones que tradicionalmente encuentra la duda que nos ocupa.

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Fuente: culturagenial.com

La concepción plasmada por Sanzio sirve como punto de referencia al momento de identificar la prelación entre esencia y existencia, toda vez que ejemplifica dos de los momentos por los que, sin duda, atravesó el conocimiento humano. En efecto, a diferencia de lo comentado en el Cratilo, considero indispensable distinguir el conocimiento primigenio del conocimiento moderno.

Ante la pregunta medular de si la esencia precede a la existencia, más de uno respondería en sentido negativo, pues actualmente, frente al mundo de referencias que está a nuestra disposición, resulta difícil sostener que las cosas primero son y después existen, o sea, que todo tiene una existencia previa e inmaterial en el mundo de las ideas. Esto se debe a que contamos –máxime en la era del tecnologicismo– con un cúmulo de conocimientos que dependen de distintos factores (modas, tradiciones, moral, economía y demás presiones sociales), los cuales sin duda salen a relucir cuando el pensamiento se genera. Bajo esta tesitura, lo consecuente sería afirmar que para atribuir algún nombre, algún concepto, a determinada cosa o fenómeno, primero se requiere la presencia de dicha cosa o fenómeno, pues serán las cualidades, la naturaleza de éstos, los que determinarán el sentido y alcance de su nombre.

Sin embargo, el problema no termina aquí. Además, debemos preguntarnos: ¿Qué pasa entonces con el pensamiento expresado en lenguaje? ¿Acaso no todo lo que creado está precedido por un pensamiento que existe en el mundo de las ideas? ¿No todo lo creado o descubierto primero fue pensamiento? Pongamos el siguiente ejemplo:

Consideremos un libro. Este objeto fue fabricado por cierta persona que tomó su inspiración de un concepto. O sea, que se refirió al concepto de libro y a una técnica de producción previa –especie de receta– que forma parte del concepto mismo. Así, el libro es a la vez un objeto que se produce de cierta manera y que, por otra parte, tiene una utilidad definida, de manera que no podemos concebir que una persona produzca un libro sin conocer su utilidad. Si frabrica un libro, es porque la persona sabe lo que es y para qué sirve. Diríamos entonces que en el caso del libro, la esencia (o sea, el conjunto de ideas que sirven para su producción) precede a la existencia; y así está determinada la presencia frente a mí de tal o cual libro.

Ergo, todo lo creado o descubierto antes fue pensamiento. Pero también para moldear cierto pensamiento, es necesaria la presencia del objeto. ¿De dónde viene esta aparente paradoja? No cabe duda que de la doble naturaleza de las cosas, y aquí es donde mi pensamiento dista del Cratilo. A saber: una verdad innegable que fue pasada por alto en el diálogo platónico de referencia, es que las cosas tienen una doble naturaleza: la primera, relacionada con las cualidades inherentes, apela a la cosa en sí; la segunda, relativa al empleo de las cualidades inmanentes, es atinente a lo que se hace con la cosa en sí durante su vida funcional. Con base en esta doble naturaleza es posible afirmar que, en un primer momento –cuando el hombre recién fue depositado en esta realidad cognoscible–, la existencia precedió a la esencia, pues ciertamente no había referente alguno (¿cómo pensar en algo que todavía no existe en términos materiales?). No obstante, en un segundo momento –representado por la época en que nos hallamos–, la existencia precede a la esencia, puesto que existen incontables referentes (¿cómo pensar en abstracto, es decir, sin apoyo de lo que ya existe?).

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En otras palabras: en algún momento de la historia humana, las cosas primero fueron y después existieron gracias a ese tránsito que va de la idea a la cosa. Hoy, en medio de una realidad llena de referentes, la existencia –en mayor o menor medida– precede a la esencia gracias a ese tránsito que va de la cosa a la idea y que retorna en una cosa distinta.

En todo caso, si tuviera la mágica fortuna de trasladarme al Ágora griega del siglo V antes del crucificado, para formar parte del apasionante coloquio que motivó el diálogo platónico en comento, les diría a mis bravos interlocutores que, por paradójico que parezca, todos en cierta medida tienen algo de razón. Particularmente, me dirigiría a Hermógenes diciéndole que si bien los nombres, los conceptos, se deben a la convención social, lo cierto es que su postura corresponde a una realidad secundaria, propia de los hombres contemporáneos que encuentran un sinfín de referentes en el mundo de las cosas humanas.

Por su parte, a Cratilo le diría que las palabras, si bien obedecen al arquetipo de las cosas, también son resultado de la convención social, de la constante labor intelectual del hombre que busca la esencia de su realidad, dejándole en claro que afirmar lo contrario sería tanto como hablar de verdades absolutas e inmutables, las cuales, como es natural, minan la capacidad creativa e innovadora del ser humano.

Finalmente, centraría mi atención en Sócrates para manifestarle la única verdad absoluta que conozco: todo es relativo, salvo el hecho de que todo es relativo, puesto que ese si es un absoluto, de suerte que vale la pena seguir buscando alguna suerte de verdad. Y, obviamente, dichas esas palabras me retiraría de inmediato, antes de que el mismísimo Sócrates –para entonces molesto y deseoso de pulverizar mi razonamiento– se mofara, con la contundente inteligencia que lo inmortalizó, de mi limitado y chambón intelecto.

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Fuente: entrepreneur.com

¿La esencia precede a la existencia? Ahora que lo pienso de nuevo, con unos cuantos párrafos encima, ¡qué más da! Lo importante es nunca apagar nuestra capacidad crítica y creadora, pues sin ella, eso sí, nada somos.