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Antonio Machado: la poesía que nos hará escapar del encierro

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Hace un par de meses atrás comenzábamos a cuestionarnos acerca de lo que pasaría con nuestros trabajos, nuestras vidas y quizás con el mundo entero; esto ocurría ciertamente de cara a un mundo cambiante y ante el desconocimiento total de lo que nos depararía como humanidad. Y la única realidad es que aquí seguimos, explorando nuevas puertas para escapar del encierro —¿voluntario?— con el que convivimos a diario.

A lo largo de siglos, las mentes humanas han buscado montones de formas para salir de aquellos lugares físicos o imaginarios en las que se sienten solas, alejadas del mundo o simplemente incomprendidas, en este sentido las mentes de diferentes artistas han llevado en diversas ocasiones esta labor como estandarte en su obra, y en este caso en particular, hablaremos de uno de los poetas más importantes para la poesía de habla hispana en el mundo: Antonio Machado.

Machado fue miembro del grupo de escritores de la Generación del 98. El poeta español comenzó su andanza por la escritura con un corte modernista la cual fue mutando hacia una poesía más cercana al romanticismo, pero más que alejarse de una corriente literaria se convirtió en un poeta dedicado a contemplar no solo los paisajes, sino aquello que los habitaba, más que al humano a sus sentimientos, a sus emociones y con ello al tiempo.

En su obra Campos de Castilla, el poeta se empeña en presentar una obra atemporal, que se aleje de todo  aquello que refleje la moda del momento en cuanto a formas, tópicos y métrica con lo que pretende exponer así versos sobrios pero a la vez mezclados con un profundo lirismo; por lo que resulta extraño encontrar en sus escritos elementos de época que a su vez funcionarían como elementos momentáneos.

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«Somos víctimas —pensaba yo— de un doble espejismo. Si miramos afuera y procuramos penetrar en las cosas, nuestro mundo externo pierde en solidez, y acaba por disipársenos cuando llegamos a creer que no existe por sí, sino por nosotros. Pero, si convencidos de la íntima realidad, miramos adentro, entonces todo nos parece venir de fuera, y es nuestro mundo interior, nosotros mismos, lo que se desvanece. ¿Qué hacer entonces?»

Con esto Machado va estableciendo que la poesía debe tener un fondo en el que prevalezca lo humano y lo cordial, y que por el contrario se aleje de aquello que resulte poco intelectual y lógico, con lo que el sentimiento se instala como una vibración, como una parte completamente central, en la que lo lírico se integra por completo debido a las características inherentes de su expresión y de lo que suele evocar en lo humano, en el Yo y en el Otro.


Quién está encerrado, ¿Yo o el Otro?

Justo en estos momentos parece que la perspectiva acerca de todo se encuentra cambiando, probablemente aquello que percibimos, que sentimos o que creíamos indispensable se ha modificado en nuestro día a día; la mera idea de lo que somos y de lo que son aquellos que están del otro lado de nuestras ventanas ha cobrado nuevos significados. Nuestra realidad colectiva es otra, sin duda.

A propósito de esto, Machado había ya plasmado un discurso que se comprendería quizás como un diálogo colectivo, en el que el Yo —que estamos detrás de la ventana— y el Otro —a quienes vemos desde dentro—coexisten y existen dentro de una cocreación que los complementa y los visibiliza a la vez:

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En este ciclo de cocreación en el que la poesía hace posible la conciencia del Yo y el Otro se crea una relación plena de interioridad pero también de trascendencia, en el que uno le abre la puerta al otro para ser posible y real; y es entonces que emerge lo poético, desde el sentimiento que se convierte en una experiencia verbal, que lo escrito termina siendo aquello que nombra a lo que se le confiere un espacio para existir.

Por lo tanto podría pensar, que esa poesía con la que nombramos lo existente, con la que reconocemos la existencia del otro es finalmente la ventana a través de la cual miramos y decidimos darle el espacio de representación al mundo que cocreamos, y entonces, ya inmersos en esta idea de la creación colectiva valdría la pena preguntarnos: ¿Qué es lo que estamos creando ahora mismo desde nuestro espacio?, ¿qué es eso que el Otro ve y que nos complementa?

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La poesía de Machado nos dará no solamente la oportunidad de descubrir en su verso el abril que nos perdimos este año (En abril, las aguas mil), sino que nos brindará en su profunda lírica el sentimiento necesario para concebir la realidad de la que somos complemento desde otro lugar, desde un lugar del que somos responsables de cocrear —ahora mismo— junto con el Otro, con ese Otro que a su vez nosotros mismos reconocemos en nuestra realidad.

¿Qué va a ocurrir después de este acontecimiento mundial?, ¿qué pasará con nosotros y con la humanidad entera?, ¿qué decidimos buscar en la poesía: el yo fundamental o el tú esencial?

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